La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Tanto me da —respondió Benedetto—; dormiré aunque sea en un rincón y mañana, o mejor ahora mismo, hablaremos.
Pronunció el asesino estas palabras con aire de confianza y misterio que maravilló a su interlocutor.
— ¿Qué hay, pues?.. —preguntóle irguiéndose con una amable pero horrible sonrisa.
—Subamos a tu nido —contestó Benedetto mirando el andamio donde estaba la cama de su huésped.
— ¿Sabes lo que dices?.. Allà nadie entra más que yo, porque eso es contra los reglamentos de la casa.
—Pero cuando se trata de un negocio productivo...
— ¡Ah! la cosa muda de aspecto, sube.
Y en el acto Benedetto subió la pequeña escalera seguido del viejo, al que ayudó a subir el andamio.
— ¿De qué se trata pues?.. —preguntó este sentándose en la orilla de la cama, y examinando su cinturón para convencerse de si tenÃa allà algún argumento positivo con que deshacer cualquier gestión de violencia.
Benedetto hizo lo mismo por su parte y pareció tan satisfecho como el viejo posadero.
—Empieza, muchacho.