La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Mañana, cuando haya de salir de aquÃ, necesito ropa más en consonancia con una persona de distinción, ¿entiendes? Tengo que ir con el cabello cortado, afeitada la barba, buena capa, buenos zapatos, buen pantalón y buen frac.
—Entiendo; necesitas salir de aquà de modo que no te conozcan; muy bien. En lo que toca al cabello y a la barba lo arreglaré yo mismo; y, respecto de la ropa, has de quedar satisfecho con lo que tenga mi vecina, que posee un excelente establecimiento de trajes decentes de todas clases. Es una mujer de inteligencia, por quien respondo. ¿Y el dinero?
—Lo tendrás mañana, viejo astuto —respondió Benedetto—; estoy esperando a mi banquero que es hombre de más juicio aún que tu vecina.
—Te advierto que yo percibo también mi comisión correspondiente.
—Seré generoso.
—Bien, bien, si quieres echa un trago, muchacho, que el frÃo es demasiado y hasta me parece que estas mojado.
—Traed, pues, vuestro quema gaznates —dijo Benedetto, alargando su mano para tomar un vaso roto que el posadero le presentaba.