La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Ahora, vuélvete abajo y acomódate como puedas. Ya sabes que aquí no se responde de daños y perjuicios. Cada cual guarda lo que es posible: tal es la costumbre de la casa.

— ¡Estás loco, viejo de Barrabás! —exclamó Benedetto—. Es conveniente que yo no sea visto entre esa gente ni sentido aquí arriba, sino de ti.

—Entonces la paga será doblada.

—Ya te he dicho que seré generoso.

—Corriente: Bebe, pues, otro sorbo más y duérmete.

El viejo se dejó caer sobre la jerga y se acurrucó bajo su cobertor, mientras Benedetto se acostaba en la tabla, cruzando religiosamente los brazos sobre el pecho; pero ninguno de los dos durmió aquella noche.

Benedetto, porque temía alguna treta del viejo y éste, porque recelaba otro tanto de su imprevisto compañero de cuarto. En cuanto amaneció fueron los parroquianos de la posada abandonando su albergue, y el posadero corrió a buscar a su vecina para escoger el equipo con qué Benedetto pensaba disfrazarse. Cuando regresó, ya su compañero de la noche contaba sobre la jerga algunas monedas de plata con el semblante fanfarrón de una persona que quiere dar a conocer su independencia.


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