La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Bravo, muchacho..., asà entiendo yo los negocios; aquà tienes tu avÃo y vamos a hacer cuentas —dijo el viejo, disponiéndose a referirle el importe de la compra.
El trato quedó hecho en pocas palabras, y Benedetto, limpiamente vestido, cortado el cabello y afeitada la barba, esperó ocasión favorable de salir de su cueva en la firme convicción de que nadie podrÃa figurarse en él al asesino del viejo carcelero de la Forcé. El posadero mismo era el primero en asegurarle que si él no lo hubiera visto metamorfosearse allà no hubiera podido reconocerlo entonces.
La aserción, aunque exagerada, no dejaba de tener algo de cierto; pues Benedetto, de tal manera se amoldaba a su nuevo traje que parecÃa un honrado propietario, en cuya fisonomÃa no era posible advertir la menor sombra de una mala acción. Durante el dÃa se ocupó en arreglar su pasaporte, dándose a conocer como estudiante de arqueologÃa universal, que deseaba estudiar la antigüedad en las grandes páginas diseminadas en diversos puntos del globo y que se llaman ruinas. Pero asà que llegó la noche su fisonomÃa volvió al aspecto habitual, tomando ese tinte indefinible de rabia melancólica y atrevimiento que hacÃa que el supuesto estudiante volviese a sus proporciones de facineroso y malvado.