La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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Recorriendo alegre la ciudad llegó al cementerio llamado del padre Lachaise, donde existen los mausoleos de las principales familias aristocráticas; después, rodeando el muro con precaución, parecía buscar un punto elevado desde donde pudiera ver aquella ciudad donde los muertos ostentaban, a semejanza de los vivos, la jerarquía de sus lechos de descanso. Su trabajo, no obstante, fue perdido y reconoció que no le quedaba otro medio de introducirse allí sino comprar por algunos francos la conciencia del guarda del cementerio.

Revistiéndose de toda su sangre fría llegó a la reja de hierro y golpeó.

— ¿Quién es?.. —preguntó la voz trémula, pero segura aún, de un hombre que salía de una pequeña casa construida al lado de la puerta.

—Amigo —contestó Benedetto—, no tengáis recelo; abrid.

Por un accidente singular y contra todas sus esperanzas el guarda salió de su casa y se acercó a la reja, de modo que parecía pronto a ceder a su ruego.

—Perdonad, señor, si me he tardado más de lo que debía; pero no contaba que debieseis volver aquí...

Benedetto no salía de su asombro; pero reconociendo luego que esto era efecto de alguna equivocación, cualquiera que ella fuese, ocultó su rostro bajo el embozo de su capa.


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