La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¡Oh! VenÃs todavÃa a resucitar a alguno más —continuó el guarda sonriéndose bondadosamente—; porque si no sois un ángel, poseéis, sin duda, el secreto que dio la vida a Lázaro. Ea, pues, aquà me tenéis a vuestras órdenes señor.
— ¡Ah! —dijo para sà Benedetto—; he aquà una aventura bien singular, que, si no estuviera cierto de haber hoy bebido sólo media botella..., me creerÃa vÃctima de algún ataque de embriaguez.
— ¿Queréis que os acompañe? —dijo el guarda.
—No —le dijo Benedetto.
—Entonces voy a traeros mi linterna.
Y el guarda se disponÃa a marcharse cuando se detuvo, de pronto, para agregar cariñosamente:
—Aún me acuerdo de vuestra primera visita y última visita, y para probaros lo que digo veréis como me doy maña a hacerlo todo como lo habÃais dispuesto entonces, a no ser que traigas intención de bajar al sepulcro de las familias de Saint-Meran y Villefort.
Benedetto se estremeció al oÃr estas palabras; pero, comprendiendo que era forzoso responder alguna cosa en analogÃa con las preguntas del guarda, le dijo:
—Es igual.
—Pues bien, señor Wilmore —replicó el guarda—, voy a dejaros allà mi linterna y podéis bajar cuando os acomode, puesto que ya sabéis el camino.