La Mano del Muerto
La Mano del Muerto El guarda tomó la luz y empezó a caminar por una larga calle de sepulcros.
— ¿Wilmore? —murmuró Benedetto como si hubiese sentido la picada de una vÃbora—. ¡Wilmore!... ¿será esto un sueño?... ¡El inglés que me salvó del grillete en Tolón!... ¡Ah!... Edmundo Dantés..., ahora recuerdo que con este nombre se designa la misma persona... Edmundo Dantés... ¡el asesino de mi padre y de mis inocentes hermanos...! ¡Maldito seas!... Cuando venÃa a este lugar para fortalecer la idea de la venganza que juré a mi moribundo padre, ¡he aquà que tu nombre resuena en mis oÃdos como repetido por el eco de las tumbas donde reposan tus vÃctimas!... Es la voz de los muertos que se alza contra los verdugos, y aquel inocente de nueve primaveras, envenenado por tu causa, que repite el nombre de su cruel y sangriento verdugo, Edmundo Dantés.
Después de este momento de exaltación, Benedetto volvió a su firmeza y ordinario sosiego.