La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Un hombre me ha precedido ya bajando al sepulcro de Saint-Meran y Villefort —pensó él—; y ese hombre era Edmundo Dantés... ¿Viniste acaso a resucitar tus vÃctimas como dice el guarda, que te ha creÃdo un ángel?.. ¡Ah!... sÃ... ya comprendo... habrás venido acaso a recrear tu vista maldecida en los inanimados restos de tus vÃctimas; a turbar la tranquilidad de sus sepulcros con el eco de tu estridente carcajada, como si quisieras quitarles asà el silencio y la paz del cementerio y hacerles sufrir aún más allá de la muerte.
Benedetto se adelantó por la calle del cementerio, y aunque ignoraba la situación del panteón de su padre, le fue fácil distinguirlo por el resplandor de la linterna del guarda, colocada sobre una de las gradas. La luz, que proyectaba por el barroso y húmedo suelo, formaba una figura oblonga y movediza, semejante a un fantasma de fuego entre los cenotafios de mármol.
A poca distancia distinguÃanse un bulto. Era el guarda que parecÃa esperar las últimas órdenes de Wilmore.
Benedetto sacó un bolsillo y caminó hacia él, haciendo sonar el dinero.