La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¡Perdón, excelentÃsimo! —murmuró retrocediendo el guarda—; pero... más bien quisiera que me lo brindaseis de igual modo que la vez primera; esto es, dejando la bolsa al lado de la linterna cuando salgáis del sepulcro. Yo... no puedo dominar mi temor, aunque veo que sois un hombre como yo con vida y movimiento...; pero no sé qué encuentro en vos de solemne y terrible que me hiela. Disculpad mi franqueza... Acostumbrado a vivir aquà entre los muertos más tiemblo de vos que de ellos, porque ni ellos ni ser viviente alguno hacen lo que vos hacéis.
Benedetto le indicó que se retirase, y viendo que se desviaba se encaminó a la puerta de hierro del sepulcro. Allà encontró una azada y vio ya removida la tierra, lo que juzgó fuese obra del guarda, conociendo la voluntad del misterioso lord Wilmore. Benedetto sacó entonces de su bolsillo una ganzúa e introduciendo la mitad en la cerradura de la puerta hÃzola saltar, retrocediendo luego un paso y llevando la mano a la nariz para evitar el vapor infecto que despedÃa.
La puerta giró sin dificultad, a virtud de haber sido la tierra cavada en ese lugar. Benedetto tomó su linterna y dio el primer paso en la escalera que conducÃa al interior del sepulcro.