La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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— ¡Basta! —dijo deteniéndose frente al cuarto cajón—. ¡Valentina Villefort, virgen sencilla como la flor de los campos, tú no ostentas tu cadáver revestido de otras joyas que las del prestigio santo de la pureza y la inocencia que le ha dejado tu alma! ¡Ahora el que sigue! Es de Eduardo, niño de nueve primaveras, aniquilado con su madre en el brazo de un vengador implacable. ¡Hermano mío! Eduardo... tú serás vengado. Y ahora os toca a vos padre mío —continuó el bandido, haciendo saltar la tapa de otro cajón de madera más pobre y humilde que los otros, en donde había un cadáver cubierto con un lienzo blanco.

Benedetto lo contempló unos instantes.

—Aún se percibe, padre mío, en vuestra frente, el sello del sufrimiento espantoso de aquél que vio desaparecer todas sus caras afecciones. ¡Vuestra esposa, vuestro hijo, vuestra hija, como las flores arrancadas por el huracán! Aún me parece que esos labios murmuran vuestro último deseo, después de la larga narración de vuestra vida, en aquella noche misma en que recibí vuestro último suspiro. Vuestra voluntad será cumplida —continuó Benedetto,

Y el guarda, al enterarse al siguiente día que el túmulo había sido abierto, y que los ataúdes habían sido descerrajados, juró que prendería y se vengaría del astuto ladrón Wilmore en la tercera visita que le hiciese.


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