La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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La sociedad de Eugenia en París, a pesar de ser una de las más frecuentadas y escogidas, no había podido ofrecer objeto alguno que cautivase el ánimo de la exaltada cantatriz; la música y el teatro eran las únicas pasiones de aquel pecho, donde encontraban eco profundo las armonías de Bellini, Mercante, Verdi y Donizetti. Luisa, después de haber sido su maestra, era hoy su amiga, compañera y hermana de gloria, de trabajo y de fortuna. Fue Luisa la que recibió el voto de profesión de Eugenia en el nuevo culto, después de haberla iniciado en sus misterios sublimes; y profesando Eugenia con aquella abnegación profunda y verdadera de todo sentimiento profano, propia de las grandes almas, abandonó y despreció cuanto para una joven de su edad puede darse de hermoso y agradable, esto es: padre, madre, honores, riquezas y adulación, para entrar en ardor y respeto en esa extensa familia, cuyo jefe fue elevado por los hombres al lugar de semidiós con el nombre de Apolo.

Después de un pequeño viaje, puramente artístico, en que fueron la admiración de Milán, de Genova y de Venecia, la música era su única distracción, en varios pequeños conciertos, que ellas daban únicamente para aumentar su pequeño capital, muy disminuido por los gastos del viaje; y, por último, vedlas que se sujetan en Roma a un examen público, prueba indispensable para la verdadera aparición del mérito que revelaban la voz y la inteligencia de las dos artistas.


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