La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Satisfecha esa prueba, vieron abiertas ante sà las doradas puertas de su soñado paraÃso; y cuando al siguiente dÃa salieron de aquel inexplicable sueño de placer y de sentimiento, comprendieron que la realidad empezaba a corresponder a su elevada ideologÃa; porque al instante recibieron billetes de visita de varios empresarios, entre los que se contaba el del Teatro Argentino, cuya prima donna habÃa terminado su contrato.
—Y bien, Luisa... ¿qué opinas de esto? —preguntó Eugenia, abandonando la cama y mirando el reloj, que señalaba las doce—. ¿Aceptaremos la invitación del empresario del Argentino?
—Por mi parte creo que nos será conveniente, si él se aviene a que nosotros escojamos las óperas del repertorio.
—Es claro que ésta debe ser la condición principal —respondió Eugenia, vistiéndose y estremeciéndose de frÃo—. Semkamis, Atila...
—Nina, Parisina... —agregó Luisa—. Vamos a almorzar y entretanto arreglamos esto; es necesario advertir que los señores empresarios vendrán luego.
—Que vengan —replicó Eugenia, dando algunos saltos como si quisiera entrar en calor—; aquà estamos nosotras; quiero decir, aquà estaremos; porque hablo con el futuro verbo. Mejor ahora que cuando esté atando las ligas. Si el empresario llegase entonces, ¡serÃa una desgracia!...