La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Se moriría de miedo el pobre hombre —dijo sonriéndose Luisa y volviendo sus hermosos ojos azules que chocaron con la mirada enérgica y soberana de Eugenia.

—Y no te engañas —dijo con arrogancia—. Yo soy medio hombre, como tú dices, y las ligas de un hombre no agradan a otro hombre. ¿Te acuerdas cómo desempeñé el papel de muchacho, cuando nos fugamos de París? Me llamaba caballero León de Armilly y tuve bastante coraje para hablar de pistolas cuando creí que corrías peligro, amiga mía.

— ¡Oh! ¡Qué tiempo aquél! —murmuró Luisa.

—Sí, cuando me viste disfrazada de hombre, deshaciéndote a besos y abrazos, luego que traspusimos sin peligro las barreras, no temblabas como se me figura que tiemblas hoy.

— ¡Oh! Es que se va aproximando nuestro debut... ¿y si somos mal acogidas?

— ¡Brava ocurrencia! Y en Milán, en Genova, y especialmente en Venecia, ¿desagradó, por ventura, nuestro canto? Fuera de que, el resultado del examen... creo que no debe desanimarte.

—Mas ahora la posición es muy distinta; tendremos que aparecer en escena con carácter competente; y si, por ejemplo, yo sé cantar el aria de Parisina, eso no quiere decir que tenga certeza de ser la parisina.


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