La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¿Y tengo yo acaso la certeza de poseer el carácter de SemÃramis, y de sentir lo que ella sintió de un modo tal que el público crea tener ante sà a la reina de los asirios, humillada y trémula por el remordimiento al escuchar la voz de Niño, o embriagada y delirante por la presencia de Arsace? —preguntó por la aproximación de nuestro primer debut —. ConfÃo mucho en lo que me has enseñado y en lo que hemos estudiado para que decaiga mi espÃritu con el trabajo que muchas otras jóvenes han desempeñado en medio de vivos y sinceros aplausos de una platea imparcial e inteligente.
—Vamos, amiga mÃa; aquel grande porvenir que en ParÃs habÃamos soñado va apareciendo, y dentro de poco nuestros nombres irán a resonar a ese mismo ParÃs, en el centro de nuestras familias, después de haber sido inscritos en el libro de oro de la nobleza del arte. ¡Oh! ¡Cuánto me halaga esta nobleza! ¡Nobleza que no se compra por el trabajo y mérito personal! El escudo del artista no se cubre de polvo hasta desaparecer con el transcurso del tiempo. Subsiste siempre dorado y brillante, mirado con admiración por las generaciones que se suceden.