La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Contadme, pues, lo que os ha sucedido, señor Danglars.

— ¡Porfiado! Aquí no me llamo Danglars. ¡El portero del Teatro Argentino no podrá nunca llamarse Danglars! ¿Y cómo diablos habéis escapado de los agentes de la policía que os querían prender como fugado de las galeras, en el momento en que se extendía el contrato de vuestro matrimonio con Eugenia?

— ¡Psch! Maldita la gracia que tiene; y hasta la fecha mi vida no pasa de ser un conjunto de particularidades sin interés. ¿Y la vuestra, señor Barón?

— ¡Maldita costumbre! —gritó Danglars, poniéndose rojo como un tomate y limpiándose el sudor.

—Quiero decir... Señor Danglars...

— ¡Peor todavía!...

— ¿Pues cómo queréis que os llame?

—Eso ya me lo sé... pero aquí dadme un nombre cualquiera eso poco me importa; la gente no tiene nombre.

—Según eso, ¿estáis arruinado?

— ¡Hasta el último maravedí! —murmuró Danglars con tristeza—; y a no ser por este mezquino empleo, hubiérame muerto de hambre. ¡Ah!... De hambre... —repitió con amargura.

— ¿En verdad sería cosa horrible el morir así todo un ilustre Barón! Pero ¿quién os arrastró a tan miserable situación?


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