La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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—Pues yo había creído que a esta hora podría daros el nombre de Ibus, porque os suponía muerto por el peñasco de algún Ulises.

—En verdad que algo me parezco al miserable mendigo solicitando la mano de vuestra Penélope —contestó el extranjero—; más ¿qué queréis?, hubo una diosa misteriosa y un escapulario complaciente que se acordaron de mí.

El cicerone miraba atónito a los dos interlocutores, sin alcanzar el sentido de sus palabras; pero adivinando en su mímica que, desde luego, se estaban diciendo grandes cosas.

—Dejemos esto, señor —continuó el extranjero—; no es éste lugar a propósito para ventilar nuestras cuestiones.

—Tenéis razón, voy a llevaros adentro y a probaros que sé olvidarme de cosas pasadas: entrad.

El joven despidió al cicerone y se introdujo en el reducido cuarto del portero.

—En efecto, señor Barón, ¡esto es singular!

— ¡Por Dios! Señor Andrés Cavalcanti, ¿queréis comprometerme? ¿No veis que he guardado mi título en mi cartera?

—Creía que estuvieseis aquí representando por capricho, como vuestra familia.

— ¡Válgame Dios, y que capricho tan extravagante sería!


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