La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Y al decir esto, tomó el cicerone, que giró inmediatamente sobre la derecha, extendiendo y alargando los brazos para abrirse camino por entre la concurrencia como si estuviera nadando.
Poco después, llegaba con el extranjero pegado a sus hombros, a la puerta del proscenio.
— ¿Quién es? —gritó el portero, colocándose rápidamente frente al cicerone para obstruirle el paso.
— ¡Oh! —exclamó el extranjero palideciendo al ver el rostro redondo y colorado del gordo portero, iluminado al vivo resplandor de un quinqué próximo.
El cicerone le habló en secreto al oÃdo.
—Es imposible, mÃo caro —respondió aquel—; tengo las instrucciones más terminantes para impedir la entrada aquÃ. Por otra parte, hoy es una ópera de gran espectáculo, fuera de que las cantatrices son nuevas... ¿De manera que el caballero tendrá mucho interés en entrar? Si es asÃ, os prevengo que sólo con permiso del empresario se consigue... Pero —dijo el portero mirando de hito en hito al curioso joven, que tampoco separaba su vista del rostro de aquél—. ¿Será verdad lo que estoy viendo?
—Mi sorpresa es igual a la vuestra, señor —dijo el extranjero—, y casi me inclino a creer que los aires de Roma os prueban bien.