La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¿Mas que remedio, señor? Si os hubierais acordado más temprano, os habrÃa servido maese Pastrini; pero asÃ, a última hora, es totalmente imposible; voy, sin embargo, a mostraros el edificio y explicaros su arquitectura: venid conmigo.
— ¡Vete al diablo con tu manÃa de mostrar y de explicar! ¿Cómo quieres que te diga que es preciso que yo observe y vea cuanto pasa en la función? Todo, todo... ¡Y entretanto, vienes tú a hablarme de paredes, techos y columnas!
—Señor, el Argentino es magnÃfico —replicó el infatigable cicerone—. Además que, cuando no hay billete, es mejor entretener el tiempo en ver algo bueno. Venid, pues, señor, y conoceréis uno de los mejores edificios de este género, tal vez el primero de todos.
— ¡Vamos entre bastidores, imbécil! —exclamó el joven, empujando a su cicerone.
— ¡No os dejarán entrar!
—Di que soy extranjero y que quiero ver; ¿no me has dicho que un extranjero cuando viene a Roma, es para ver cuánto bueno contiene esta gran ciudad?
— ¡Per la Madonna! —gritó el cicerone—; pero los bastidores y mecanismo del Argentino se enseñan de dÃa y no en noches de función.
— ¡Ah! ¡Esto es inaguantable! Llévame a la puerta que da al foro...; yo hablaré al guarda... y ya verás si entro.