La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Mientras esto sucedÃa en los salones y avenidas del Teatro, un joven de 22 a23 años, alto, bien proporcionado y vestido sin lujo pero decentemente, haciéndose paso a duras penas por entre la multitud que se agrupaba en torno del edificio, llegó trabajosamente hasta el despacho de billetes, gracias a un experto cicerone que lo habÃa remolcado por el faldón de su paleto, al través de aquel mar vivo y bullicioso, agitado por el grande acontecimiento que anunciaban los diarios y los carteles.
—Un billete —dijo el cicerone, dirigiéndose al expendedor.
—¡Un billete! —respondió éste—, ¡Ni para mañana... a menos que vengáis al amanecer! ¡Buena hora de hallar billete, cuando ya todo está vendido, y ni un pedazo de billete me queda siquiera!
—No hay billete —dijo el cicerone, volviéndose al joven.
— ¡Poder de Dios! Pues es indispensable que yo entre a la platea —gritó este en francés.
—Pero, ¡si no hay billete! —repitió el cicerone.
—Introducidme, aunque sea al proscenio, entre bastidores. A todo trance es necesario que yo vea... ¿entiendes, imbécil? ¡Es necesario que yo lo vea todo!