La Mano del Muerto
La Mano del Muerto
El portero del Teatro Argentino, con firme resolución se encaminó a la posada de maese Pastrini luego de haber reflexionado sobre las consecuencias que podría traerle una entrevista con un hombre como Benedetto y con el firme propósito de aprovecharse para sus fines ocultos de obtener riqueza de aquel improvisado personaje, aventurero e intrépido que parecía no temer nada de los hombres y con todo desparpajo y atrevimiento le había confesado ser ladrón, falsario y asesino.
Benedetto residía, efectivamente, en la popular posada de maese Pastrini, y luego de almorzar tranquilamente con gran apetito, ordenó buscar al habilidoso posadero.
—A vuestras órdenes, excelencia —dijo él, quitándose políticamente su gorro de lana y realizando una cortesía.
Benedetto pensó durante un momento antes de hablarle; a continuación, puso a un lado el diario que simulaba leer, observó al italiano con aquella mirada sombría e infausta de los hombres en cuya frente parece existir el sello de la fatalidad.
—Maese Pastrini —dijo por fin—; no estoy satisfecho con esta habitación.
— ¡Sangre de Cristo! —expresó el italiano—; ¿y cuál será la razón, excelentísimo?
