La Mano del Muerto

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VIII DOS HOMBRES SIN NOMBRE

 

El portero del Teatro Argentino, con firme resolución se encaminó a la posada de maese Pastrini luego de haber reflexionado sobre las consecuencias que podría traerle una entrevista con un hombre como Benedetto y con el firme propósito de aprovecharse para sus fines ocultos de obtener riqueza de aquel improvisado personaje, aventurero e intrépido que parecía no temer nada de los hombres y con todo desparpajo y atrevimiento le había confesado ser ladrón, falsario y asesino.

Benedetto residía, efectivamente, en la popular posada de maese Pastrini, y luego de almorzar tranquilamente con gran apetito, ordenó buscar al habilidoso posadero.

—A vuestras órdenes, excelencia —dijo él, quitándose políticamente su gorro de lana y realizando una cortesía.

Benedetto pensó durante un momento antes de hablarle; a continuación, puso a un lado el diario que simulaba leer, observó al italiano con aquella mirada sombría e infausta de los hombres en cuya frente parece existir el sello de la fatalidad.

—Maese Pastrini —dijo por fin—; no estoy satisfecho con esta habitación.

— ¡Sangre de Cristo! —expresó el italiano—; ¿y cuál será la razón, excelentísimo?


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