La Reina Margot
La Reina Margot Los dos jóvenes, vestidos de negro, estaban tendidos uno al lado del otro con la terrible simetría de la muerte. Sus cabezas inclinadas y puestas junto al tronco parecían unidas a él. Tan sólo un círculo de un rojo encendido dibujado alrededor del cuello revelaba la terrible verdad. La muerte no había separado a los dos buenos amigos, pues ya fuese por casualidad o por piadosa atención del verdugo, la mano derecha de La Mole reposaba en la mano izquierda de Coconnas.
Bajo los párpados de La Mole se adivinaba una mirada de amor y en los labios de Coconnas perduraba una sonrisa de desdén.
Margarita se arrodilló junto a su amante y con sus manos deslumbrantes de alhajas levantó suavemente aquella cabeza que tanto había amado.
La duquesa de Nevers, reclinada contra la pared, no podía apartar su mirada del pálido rostro de Coconnas, donde tantas veces había encontrado la alegría y el amor.
—¡La Mole! ¡Mi adorado La Mole! —murmuró Margarita.
—¡Annibal! ¡Annibal! —exclamó la duquesa de Nevers—. ¡Tú, tan orgulloso, tan valiente! ¿Ya no me respondes…?
Un torrente de lágrimas acompañó estas palabras.