La Reina Margot
La Reina Margot
NRIQUE de Navarra se paseaba solo y pensativo por la terraza del torreón en que estaba preso; sabía que la corte estaba en el castillo que veía a cien pasos de él, y a través de sus muros su mirada penetrante adivinaba a Carlos moribundo.
El cielo estaba claro y sereno; un ancho rayo de sol se extendía por la llanura y bañaba de un oro fluido las copas de los árboles del bosque, orgullosos de la riqueza de su primer follaje.
Hasta las mismas piedras grises del torreón parecían impregnarse del suave calor de la atmósfera, y los alhelíes, llevados por el soplo de los vientos del este y adheridos a las hendiduras de la muralla, abrían sus pétalos de terciopelo rojo y amarillo a los besos de una brisa tibia.
Las miradas de Enrique no se paraban en aquellas verdes praderas, ni en las doradas copas de los árboles, sino que proseguían, ardientes de ambición, hacia la capital de Francia, destinada a ser un día la capital del mundo.
