La Reina Margot

La Reina Margot

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A medida que el libro se consumía, fue invadiendo la habitación un fuerte olor a ajo. Pronto el libro quedó convertido en cenizas.

—Y ahora, señora, llamad a mi hermano —ordenó Carlos de manera tajante.

Catalina, atónita, aniquilada por una serie de emociones que, pese a su profunda sagacidad, era incapaz de analizar y que, pese a su fuerza casi sobrehumana, no podía combatir, dio un paso hacia delante, como queriendo hablar. La madre tenía un remordimiento, la reina un temor y la envenenadora un recrudecimiento de su odio.

Este último sentimiento fue el que dominó a los otros.

—¡Maldito sea! —gritó precipitándose fuera del aposento—. ¡Triunfa! ¡Consigue su objeto! ¡Sí, maldito, maldito sea!…

—¿Habéis oído? Llamad a mi hermano —dijo Carlos persiguiendo a su madre con la voz—, a mi hermano Enrique; quiero hablarle inmediatamente acerca de la regencia del reino.

Casi al mismo tiempo que salía Catalina, había entrado Ambroise Paré por la puerta de enfrente. Deteniéndose en el umbral y olfateando el olor que había en la alcoba preguntó:

—¿Quién ha quemado arsénico?

—Yo —dijo Carlos.


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