La Reina Margot
La Reina Margot —¿Qué hay en ese cofre que os asusta, señora? —dijo Carlos, que no perdÃa de vista a su madre.
—Nada —respondió Catalina.
—En ese caso, meted la mano, señora, y coged un libro; debe de haber un libro, ¿no es cierto? —añadió Carlos con una amarga sonrisa, que era en él más terrible que la peor amenaza en otro cualquiera.
—Sà —balbució Catalina.
—¿Es un libro de caza?
—SÃ.
—Traédmelo.
Catalina, a pesar de su aplomo, palideció. Toda temblorosa alargó la mano hacia el interior del cofre.
—¡Fatalidad! —murmuró cogiendo el libro.
—Está bien —dijo Carlos—. Ahora, escuchad: este libro de caza… Fui un insensato…; amaba la caza sobre todas las cosas…; este libro de caza lo leà de cabo a rabo; ¿comprendéis, señora?…
Catalina lanzó un sordo gemido.
—Fue una debilidad —continuó Carlos—; quemadlo, señora. Es preciso que se ignoren las flaquezas de los reyes.
Catalina se acercó a la chimenea encendida, dejó caer el libro en el fuego y permaneció de pie, inmóvil, mirando con inexpresivos ojos las azuladas llamas con que ardÃan las hojas envenenadas.