La Reina Margot
La Reina Margot —¿Y en virtud de qué tÃtulo os quedáis? —preguntó Carlos IX.
—A tÃtulo de madre.
—Ya no sois mi madre, señora, del mismo modo que el duque de Alençon ya no es mi hermano.
—Deliráis, señor —dijo Catalina—. ¿Desde cuándo la que os ha dado el ser no es vuestra madre?
—Desde el momento, señora, en que me quitáis lo que me disteis —respondió Carlos, enjugándose una sanguinolenta espuma que le subÃa a la boca.
—¿Qué queréis decir, Carlos? No os entiendo —murmuró Catalina mirando a su hijo con ojos estupefactos.
—Vais a comprenderme, señora.
Carlos metió la mano debajo de la almohada y sacó una llavecita de plata.
—Coged esta llave, señora, y abrid mi cofre de viaje; contiene ciertos papeles que hablarán por mÃ.
Carlos extendió la mano, señalando un cofre que ocupaba el sitio más visible de la habitación, magnÃficamente repujado y adornado con una cerradura de plata.
Catalina, dominada por el imperio que Carlos ejercÃa sobre ella, obedeció. Aproximóse lentamente al cofre, lo abrió, hundió en el interior su mirada y retrocedió de pronto, como si hubiese visto al reptil dormido.