La Reina Margot

La Reina Margot

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—Quiero hablar a mi hermano Enrique —dijo—, es decir, al único hermano que tengo; no al que reina allá lejos, sino al que está preso aquí. Enrique escuchará mis últimas disposiciones.

—Si, como decís, estáis tan cerca de la tumba, ¿creéis que voy yo a ceder a nadie, y sobre todo a un extranjero, mi derecho de asistiros en la hora suprema, mi derecho de reina y mi derecho de madre? —dijo la florentina con un audacia inusitada ante la terrible voluntad de su hijo; tan fuera de sí la ponía el odio que profesaba al bearnés.

—Señora —dijo Carlos—, todavía soy el rey, todavía puedo mandar; señora, os digo que deseo hablar a mi hermano Enrique y no llaméis a mi capitán de guardias. ¡Por mil diablos! Os advierto que tengo todavía suficientes fuerzas como para ir a buscarle yo mismo.

Al hacer un movimiento como para saltar de la cama, dejó al descubierto su cuerpo semejante al de Cristo después de la flagelación.

—Señor —gritó Catalina deteniéndole—, nos injuriáis a todos, olvidáis las afrentas hechas a nuestra familia y repudiáis nuestra sangre. Sabed que sólo un príncipe de Francia debe arrodillarse junto al lecho mortuorio de un rey de Francia. Por lo que a mí se refiere, mi sitio es este; me lo señalan las leyes de la naturaleza y de la etiqueta y, por lo tanto, aquí me quedo.


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