La Reina Margot

La Reina Margot

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—¿Por qué?

—Porque, os lo repito, la muerte está en camino —replicó Carlos con una escalofriante solemnidad—, porque de un momento a otro entrará en este cuarto pálida y muda, y, como vos, sin hacerse anunciar. Ha llegado por lo tanto la hora de que ponga en orden los asuntos del reino de la misma manera que hice anoche en lo que se refiere a los míos particulares.

—¿Y quién es esa persona que deseáis ver? —preguntó Catalina.

—Mi hermano, señora. Ordenad que le llamen.

—Señor —dijo la reina—, veo con satisfacción que las denuncias dictadas por el odio, más bien que las provocadas por el dolor, se borran de vuestro espíritu y tienden a desaparecer pronto de vuestro corazón. ¡Nodriza! ¡Nodriza! —añadió Catalina llamando.

La buena mujer que vigilaba en la antecámara abrió la puerta.

—Nodriza —dijo Catalina—, cuando llegue el señor de Nancey, decidle que vaya de parte de mi hijo a buscar al duque de Alençon.

Carlos hizo un gesto que detuvo a la buena mujer dispuesta a obedecer.

—He dicho a mi hermano, señora —le repitió Carlos.

Los ojos de Catalina se abrieron como los de un tigre furioso. Carlos alzó imperativamente la mano.


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