La Reina Margot

La Reina Margot

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Sin embargo, al oír los pasos de su madre y como si la reconociera, Carlos se incorporó.

—Perdonadme, señora —dijo mirando fijamente a su madre—, quisiera morir en paz.

—¿Pensáis morir, hijo mío, sólo por una crisis pasajera, de este extraño mal? —dijo Catalina—. ¿Por qué os empeñáis en desesperaros así?

—Os digo señora, que siento que se me va el alma, os digo, señora, que es la muerte lo que siento llegar; ¡muerte de todos los diablos!… Me doy sobrada cuenta de lo que siento y sé perfectamente lo que me digo.

—Señor —dijo la reina—, vuestra imaginación es la más grave enfermedad que tenéis; después del merecido suplicio de esos dos hechiceros, de esos dos asesinos que se llamaban La Mole y Coconnas, vuestros sufrimientos físicos deben de haber disminuido. Sólo queda en vos el mal moral, y si pudiese hablaros diez minutos os probaría…

—Nodriza —dijo Carlos—, guarda la puerta para que nadie entre: la reina Catalina de Médicis quiere conversar con su muy amado hijo Carlos IX.

La nodriza obedeció.

—En realidad —continuó Carlos— esta conversación debía tener lugar un día a otro; más vale que sea hoy que mañana. Además, quizá mañana sea demasiado tarde. Pero os advierto que una tercera persona debe asistir a nuestra entrevista.


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