La Reina Margot
La Reina Margot Ambroise Paré, que estaba de guardia en aquel momento, al ver que el rey se quedaba dormido, había aprovechado aquella circunstancia para alejarse por algunos instantes.
Durante su ausencia se había apoderado del rey un sudor abundante. Como Carlos padecía un debilitamiento de los vasos capilares, se le produjo una hemorragia superficial. La nodriza, que no podía acostumbrarse a tan extraño fenómeno, creía como buena protestante y repetía sin cesar que aquel sudor sanguíneo se debía a que la sangre de los hugonotes vertida la noche de San Bartolomé reclamaba la sangre del rey.
Los cortesanos salieron corriendo en todas direcciones; el doctor no podía estar lejos y no tardaría en ser hallado. La antecámara se quedó vacía, pues todos deseaban demostrar su celo encontrando al médico solicitado.
Se abrió entonces una puerta y apareció Catalina, quien, atravesando rápidamente la antecámara, entró en la alcoba de su hijo.
Carlos se hallaba postrado en el lecho, tenía los ojos sin brillo y la respiración jadeante. De todo su cuerpo se desprendía un sudor rojizo; su mano caía; fuera de la cama y en la punta de cada uno de sus dedos vacilaba una gota semejante a un líquido rubí.
El espectáculo no podía ser más terrible.