La Reina Margot

La Reina Margot

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—Que creyendo en los propósitos ambiciosos que os atribuyen, quiere obtener de vuestros labios la prueba indiscutible. Suponed que os tiente como en otros tiempos se tentaba a los culpables para arrancarle confesión sin tortura. Suponed —prosiguió Catalina mirando fijamente a Enrique— que os proponga que aceptéis el Gobierno, que seáis regente, por ejemplo.

Una indecible alegría invadió el oprimido corazón de Enrique; pero el rey de Navarra adivinó el golpe y, con su espíritu flexible y vigoroso, se previno para el ataque.

—¿Yo? —dijo—. El lazo sería demasiado burdo. ¿Ofrecerme a mí la regencia cuando estáis vos y mi hermano, el duque de Alençon?

Catalina se mordió los labios para ocultar su satisfacción.

—¿De modo que renunciáis a la regencia? —dijo precipitadamente.

Enrique pensó que el rey había muerto y que era ella la que le tendía el lazo, por lo que contestó:

—Es preciso ante todo que oiga al rey de Francia, pues todo cuanto hemos dicho hasta ahora no son sino suposiciones.

—Sin duda —dijo Catalina—, pero de todos modos podéis declarar cuáles son vuestras intenciones.


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