La Reina Margot
La Reina Margot —¡Dios mÃo! —dijo con aire inocente Enrique—. No teniendo pretensión alguna, mal puedo tener intenciones.
—Eso no es contestar —dijo Catalina, viendo que el tiempo apremiaba y dejándose arrastrar por la cólera—. Pronunciaos de un modo o de otro.
—No puedo pronunciarme sobre suposiciones, señora; una decisión concreta es algo tan difÃcil y sobre todo tan grave de adoptar, que vale más esperar las realidades.
—Escuchad, señor —dijo Catalina—. No hay tiempo que perder y lo estamos perdiendo en vanas discusiones y recÃprocas cortesÃas. Hablemos cada cual como lo que somos; como rey y como reina. Si aceptáis la regencia, sois hombre muerto.
Enrique pensó que el rey vivÃa y dijo:
—Señora, Dios tiene en sus manos la vida de los hombres y de los reyes. Él me inspirará. Que avisen a Su Majestad que estoy dispuesto a comparecer ante su presencia.
—Reflexionad, señor.