La Reina Margot

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—Hace dos años que estoy proscrito y un mes que estoy preso —respondió Enrique con gravedad—. ¡He tenido tiempo de reflexionar, señora, y he reflexionado! Tened, pues, la bondad de bajar primero y de decirle al rey que os sigo inmediatamente. Estos dos valientes —agregó Enrique señalando a los soldados— cuidarán de que no me escape, aunque la verdad es que no pienso hacer tal cosa.

Había tal acento de firmeza en las palabras de Enrique, que Catalina, comprendiendo que todas sus tentativas, cualquiera que fuese la forma como las disfrazara, no ejercerían ninguna influencia sobre él, bajó precipitadamente la escalera.

En cuanto hubo desaparecido, Enrique corrió al parapeto e hizo una seña a De Mouy que significaba: «acercaos y estad dispuesto para cualquier posible emergencia».

De Mouy, que se había bajado del caballo, montó en seguida y, llevando al otro de las riendas, fue al galope a situarse a dos tiros de mosquete del torreón.

Enrique le dirigió un saludo de gratitud y descendió la escalera del torreón.

En el primer descansillo halló a los dos soldados que le estaban esperando.


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