La Reina Margot

La Reina Margot

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Una doble hilera de suizos y de soldados de caballería ligera vigilaban la entrada de los patios; era preciso recorrer un camino bordeado de partesanas para entrar y salir del castillo.

Catalina le esperaba allí. Al verle hizo señas a los dos soldados que le seguían para que se apartasen, y cogiéndole por el brazo le dijo:

—Este patio tiene dos puertas; si rechazáis la regencia, en aquella que veis detrás de los aposentos del rey os espera un buen caballo y la libertad; si escucháis a la ambición, volveréis a entrar por la que acabáis de salir… ¿Qué decís?

—Digo que si el rey me nombra regente, seré yo, señora, y no vos quien dará órdenes a estos soldados. Digo que si salgo del castillo esta noche, todas estas picas, alabardas y mosquetes se inclinarán ante mí.

—¡Insensato! —murmuró Catalina exasperada—. Creedme, no juguéis con Catalina a este terrible juego de vida o muerte.

—¿Por qué no? —dijo Enrique, mirando fijamente a la reina madre—. ¿Por qué no he de jugarlo con vos igual que con cualquier otro si hasta ahora he ganado siempre?


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