La Reina Margot
La Reina Margot —¿También te ordenó la reina madre que me dijeras esto? —preguntó Enrique lleno de dudas y de angustia.
—No —dijo Renato—, pero os voy a contar un secreto.
El perfumista se estiró cuanto pudo y Enrique le imitó, de modo que sus cabezas casi se tocaban.
Esta conversación entre los dos hombres sobre el cuerpo de un rey moribundo tenÃa algo de terrorÃfico, por lo que los cabellos del supersticioso florentino se erizaron de espanto y un sudor abundante corrió por la frente de Enrique.
—Este es un secreto que sólo yo conozco —continuó Renato—, y que os revelaré si me juráis sobre este moribundo que me perdonaréis la muerte de vuestra madre.
—Ya os lo prometà una vez —dijo Enrique, cuyo rostro adquirió una expresión sombrÃa.
—Prometido sÃ, pero no jurado —dijo Renato, echándose hacia atrás.
—Lo juro —dijo Enrique, extendiendo la mano derecha sobre la cabeza del rey.
—Pues bien, señor —dijo precipitadamente el florentino—, el rey de Polonia está a punto de llegar.
—No —dijo Enrique—, el correo fue detenido por orden del rey Carlos.