La Reina Margot
La Reina Margot En el mismo instante se descorrió una de las cortinas de la alcoba y apareció un pálido rostro. En medio del silencio de muerte que reinaba en la estancia, se oyó vibrar una voz:
—Vivid —dijo esta voz.
—¡Renato! —exclamó Enrique.
—Sí, señor.
—¿Era falsa tu predicción? ¿No seré rey? —preguntó Enrique.
—Lo seréis, señor, pero todavía no ha llegado vuestra hora.
—¿Cómo lo sabes? Habla para ver si debo creerte.
—Oíd.
—Te escucho.
—Inclinaos.
Enrique se inclinó sobre el cuerpo de Carlos, y Renato, desde el otro lado del lecho, hizo lo mismo, de modo que, entre ambos, separados únicamente por el ancho de la cama, yacía sin voz y sin movimiento el rey moribundo.
—Oíd —dijo Renato—; colocado aquí por la reina madre para perderos, prefiero serviros, porque tengo confianza en vuestro horóscopo. Al hacerlo obro a la vez en interés de mi cuerpo y de mi alma.