La Reina Margot
La Reina Margot —Está bien. Dad esa orden, si os atrevéis. Por mi parte, yo daré las mÃas. Venid, Francisco, venid —dijo la reina, y salió rápidamente llevando consigo al duque de Alençon.
—¡De Nancey! —gritó Carlos—. ¡A mÃ! Yo soy quien lo ordena, de Nancey, arrestad a mi madre, arrestad a mi hermano, arrestad…
Una bocanada de sangre cortó la palabra a Carlos en el momento en que el capitán de sus guardias abrÃa la puerta. El rey, sofocado, cayó en la cama con el estertor de la agonÃa.
De Nancey no habÃa oÃdo más que su nombre; las órdenes que siguieron, pronunciadas con voz menos clara, se habÃan perdido en el espacio.
—Guardad la puerta —ordenó con firmeza Enrique— y no dejéis entrar a nadie.
El capitán se retiró.
Enrique volvió sus ojos hacia aquel cuerpo inanimado que hubiera podido tomarse por un cadáver si un ligero soplo no hubiese agitado la franja de espuma que bordeaba sus labios.
Después de contemplarle por espacio de unos minutos, dijo como hablando consigo mismo:
—¡He aquà el momento supremo! ¿Es mejor reinar? ¿Es mejor vivir?