La Reina Margot

La Reina Margot

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—Tomad, señor regente —dijo Carlos al rey de Navarra—, aquí tenéis el pergamino que hasta el regreso del rey de Polonia os confiere el mando de los ejércitos, las llaves del tesoro, los derechos reales y el poder.

Catalina devoraba con los ojos a Enrique. Francisco se hallaba tan turbado, que apenas podía mantenerse en pie. La debilidad del uno y la firmeza de la otra, en vez de tranquilizar a Enrique, le mostraban el peligro que se erguía amenazador en torno suyo.

Enrique, haciendo un violento esfuerzo y dominando todos sus temores, cogió el pergamino de manos del rey. Luego dirigió a Catalina y a Francisco una mirada llena de altivez que quería decir: «Tened cuidado; soy vuestro señor».

Catalina comprendió lo que quería decir con aquella mirada.

—No, no, jamás —dijo— ¡jamás mi familia se someterá a una dinastía extranjera; jamás reinará en Francia un Borbón mientras exista un Valois!

—¡Madre, madre mía! —exclamó Carlos IX, incorporándose más terrible que nunca en su lecho de enrojecidas sábanas—. Tened cuidado, porque todavía soy rey, aunque ya sé que no por mucho tiempo, y aún puedo dar una orden para castigar a los asesinos y a los envenenadores.


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