La Reina Margot
La Reina Margot —Señora —dijo mirando a su madre—, si tuviera un hijo, vos serÃais regente, o en vuestro defecto el rey de Polonia, o en ausencia, en fin, del rey de Polonia, lo serÃa mi hermano Francisco; pero no tengo descendientes y, por lo tanto, al morir yo, debe sucederme automáticamente el duque de Anjou, que no está ahora aquÃ. Como un dÃa u otro vendrá a reclamar el trono que le corresponde, no quiero que encuentre en él a un hombre que, teniendo derechos casi iguales para ocuparlo, pueda disputarle los suyos exponiendo al reino, por consiguiente, a sufrir una guerra entre los pretendientes. Esta es la razón por la cual no os nombro regente, señora, ya que, si asà lo hiciera, tendrÃais que elegir entre vuestros dos hijos, elección que habrÃa de resultar sumamente penosa para una madre. Por esta misma razón, no nombro regente a mi hermano Francisco, ya que podrÃa decirle a su hermano mayor: «¿No tenÃais un trono? ¿Por qué lo abandonasteis?». Prefiero por eso nombrar un regente que pueda conservar la corona en depósito y que la conserve bajo su mano y sobre su cabeza. Este regente, saludadle, señora, saludadle, hermano mÃo, este regente es el rey de Navarra.
Dicho esto, saludó a Enrique con un gesto majestuoso.
Catalina y Alençon hicieron una mueca que lo mismo podÃa tomarse por un saludo que por un estremecimiento nervioso.