La Reina Margot
La Reina Margot —Escuchad: arriesgo todo por vos, no lo olvidéis nunca.
—Pierde cuidado.
—Seguidme por este pasaje secreto: os conduciré hasta la poterna. Luego, para darnos tiempo, iré a decir a la reina madre que bajáis. Catalina supondrá que descubristeis vos mismo la salida secreta y que la aprovechasteis para huir. Venid, venid conmigo.
Enrique se inclinó hacia Carlos y le dio un beso en la frente.
—Adiós, hermano mÃo —dijo—, no olvidaré tu postrer deseo. No olvidaré que tu última voluntad fue hacerme rey. Muere en paz. En nombre de mis hermanos te perdono la sangre derramada.
—Vamos, vamos —dijo Renato—, el rey vuelve en sÃ; huid antes de que abra los ojos.
—¡Nodriza! —murmuró Carlos—. ¡Nodriza!
Enrique cogió de la cabecera de la cama la espada del rey moribundo, ocultó en su pecho el pergamino que le nombraba regente y, besando por última vez a su cuñado, dio la vuelta alrededor de la cama y desapareció rápidamente por la salida secreta que se cerró tras él.
—¡Nodriza! —llamó el rey con voz más fuerte—. ¡Nodriza!
La buena mujer acudió a su llamada.
—¿Qué quieres, Carlos mÃo? —le preguntó.