La Reina Margot
La Reina Margot —Nodriza —dijo el rey con los ojos desorbitados, en los que habÃa ya la fijeza terrible de la muerte—. Debe de haber ocurrido algo cuando dormÃa. ¡Veo una gran luz! Veo a Dios Nuestro Señor; veo a Jesús y a la SantÃsima Virgen MarÃa. Ellos le ruegan, le suplican por mÃ: El Señor Todopoderoso me perdona…, me llama… ¡Dios mÃo!… ¡Dios mÃo!… Recibidme en vuestra misericordia. ¡Dios mÃo! Olvidad que fui rey, ya que me presento a vos sin cetro y sin corona. ¡Dios mÃo! Olvidad los crÃmenes del rey para acordaros tan sólo de los sufrimientos del hombre. ¡Dios mÃo! Aquà me tenéis.
Carlos, que a medida que pronunciaba estas palabras se habÃa ido levantando poco a poco como para acudir a la voz que le llamaba, exhaló un suspiro y cayó rÃgido y yerto en brazos de su nodriza.
Mientras, los soldados, obedeciendo las órdenes de Catalina, se dirigÃan hacia la salida conocida por todos y por la que Enrique debÃa pasar; este, guiado por Renato, se encaminó por el corredor secreto, llegó a la poterna y, saltando sobre el caballo que le aguardaba, salió al galope en dirección al lugar donde esperaba encontrar a De Mouy.
De pronto, al oÃr el galope de su caballo, algunos centinelas se volvieron gritando:
—¡Se escapa! ¡Se escapa!