La Reina Margot
La Reina Margot —¿Quién? —preguntó la reina madre asomándose a una ventana.
—¡El rey Enrique! ¡El rey de Navarra! —gritaron los centinelas.
—¡Fuego! —ordenó Catalina—. ¡Disparad contra él!
Los centinelas apuntaron con sus armas, pero Enrique estaba ya demasiado lejos.
—Huye —dijo Catalina—, luego está vencido.
—Huye —murmuró el duque de Alençon—, luego yo soy rey.
En aquel mismo instante, y cuando Francisco y su madre se hallaban todavÃa asomados a la ventana, crujió el puente levadizo bajo el trote de varios caballos, y, precedido por un ruido de armas entró en el patio al galope un joven con el sombrero en la mano y gritando: «¡Francia!». VenÃa seguido de cuatro gentiles hombres cubiertos como él de sudor y de polvo.
—¡Mi hijo! —gritó Catalina extendiendo los brazos fuera de la ventana.
—¡Madre mÃa! —respondió el joven saltando del caballo.
—¡Mi hermano Enrique! —exclamó aterrado Francisco retrocediendo.
—¿Es demasiado tarde? —preguntó el duque de Anjou a su madre.