La Reina Margot

La Reina Margot

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Capítulo XXXV

HABÍA transcurrido un año desde la muerte de Carlos IX y el advenimiento al trono de su sucesor.

El rey Enrique III, reinando felizmente por la gracia de Dios y de su madre Catalina, había ido a una procesión celebrada en honor de Nôtre-Dame de Cléry. Marchó a pie acompañado de la reina su esposa y de toda la corte. Bien podía permitirse el rey Enrique III este pequeño pasatiempo; ninguna preocupación grave le turbaba por el momento.

El bearnés estaba en Navarra por fin y, según decían los rumores, se interesaba mucho por una hermosa muchacha de la noble familia de los Montmorency a la que llamaba la engañadora. Margarita estaba a su lado, triste y sombría, no hallando en la contemplación de las bellas montañas distracción alguna, pero sí un alivio a los dos grandes dolores de su vida: la ausencia y la muerte.

París estaba muy tranquilo y la reina madre, verdadera regente desde que su querido hijo Enrique era rey, vivía tan pronto en el Louvre como en el palacio de Soissons, situado en el lugar donde hoy se levanta el mercado de granos y del que sólo queda la elegante columna que puede verse en la actualidad.


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