La Reina Margot
La Reina Margot Al verla subir por la escalera le preguntó:
—¿No os han seguido?
—No, al menos que yo sepa.
—Es que me parece que a mà me han seguido y no solamente esta noche, sino durante toda la tarde.
—¡Oh! ¡Dios mÃo! Me asustáis, señor —dijo Carlota—; si este recuerdo que tenéis para una antigua amiga fuese causa de que os aconteciera algún mal, os aseguro que no podrÃa consolarme nunca.
—No os apuréis, amiga mÃa —dijo el bearnés—; tenemos tres espadas que vigilan en la sombra.
—Tres son muy pocas, señor.
—Son bastantes cuando quienes las empuñan son De Mouy, Saucourt y Barthélemy.
—¿Está en ParÃs De Mouy?
—Naturalmente.
—¿Cómo se ha atrevido a volver a la capital? ¿Tiene acaso como vos alguna pobre mujer loca de amor por él?
—No, pero tiene un enemigo cuya muerte ha jurado. Solamente el odio, querida, puede impulsarnos a hacer tantas tonterÃas como el amor.
—Gracias, señor.
—¡Oh! —exclamó Enrique—. No digo esto por las tonterÃas pasadas y por las venideras. Pero no nos entretengamos en discutir, no tenemos tiempo que perder.
—¿SeguÃs pensando en marcharos?