La Reina Margot

La Reina Margot

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Catalina se encogió de hombros.

—¿No comprendéis que se enfade un marido que recibe semejante carta?

—Me parece, señora, que en tiempos del rey de Navarra no se enfadaba.

—Quien perdona algo a un rey, no tiene por qué perdonárselo a un simple galán. Por lo demás, si él no se enfada, vos os enfadaréis por él.

—¿Yo?

—Sin duda. Lleváis cuatro hombres, seis si os hacen falta, os disfrazáis, derribáis la puerta como si fueseis los enviados del barón, sorprendéis a los amantes en pleno idilio, matáis en nombre del rey y, al día siguiente, el billete perdido en el pasillo del Louvre, encontrado por alguna persona caritativa, que ya lo habrá hecho circular, demuestra que es el marido quien se ha vengado. Sólo la casualidad ha hecho que el galán sea precisamente el rey de Navarra, pero ¿quién hubiera podido suponer que era él cuando todo el mundo lo cree en Pau?

Maurevel miró con admiración a Catalina, saludó y se fue.

Al mismo tiempo que Maurevel salía del palacio de Soissons, la señora de Sauve entraba en la casita de la Croix-des-Petits-Champs.

Enrique la esperaba y tenía ya entreabierta la puerta del piso.


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