La Reina Margot

La Reina Margot

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Enrique, aunque se hallaba de espaldas, veía la escena reflejada en un espejo, ante el cual fingía alisarse el bigote con una pomada que acababa de darle Renato.

—¿Y vos, Enrique, no ibais a salir por fin? —preguntó Catalina.

—¡Ah, sí! —exclamó el rey de Navarra—. ¡Por Belcebú! Olvidaba que me esperan el duque de Alençon y el príncipe de Condé. Estos admirables perfumes me embriagan de tal manera, que hasta creo que me hacen perder la memoria. Hasta la vista, señora.

—Adiós. Mañana me daréis noticias del almirante. ¿No es cierto?

—No faltaré. Vamos, Febe, ¿qué hay?

—¡Febe! —exclamó la reina madre con impaciencia.

—Llamadla, señora —dijo el bearnés—, porque no quiere dejarme salir.

La reina madre se levantó y la sujetó por el collar, mientras Enrique se alejaba con el rostro tan sereno y risueño como si no hubiera sentido en el fondo de su corazón que corría un peligro de muerte.

La perrita, dejada ya en libertad por Catalina de Médicis, corrió detrás de él para alcanzarlo; pero la puerta se había cerrado y sólo pudo alargar el hocico por debajo del tapiz para lanzar un aullido lúgubre y prolongado.


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