La Reina Margot
La Reina Margot
UANDO La Mole y Coconnas concluyeron su frugal comida, pues las aves de la posada de A la Belle Etoile no existÃan más que en el anuncio, Coconnas hizo girar su silla sobre una pata, estiró las piernas, apoyó el codo sobre la mesa y, saboreando el último vaso de vino:
—¿Pensáis acostaros inmediatamente, señor de La Mole? —preguntó.
—¡A fe mÃa! Puesto que es muy posible que vengan a despertarme a medianoche.
—A mà también —dijo Coconnas—; por eso creo que en lugar de acostarnos y luego hacer esperar a quien venga en busca nuestra, harÃamos mejor en pedir una baraja y jugar. Asà estaremos prevenidos en todo momento.
—AceptarÃa complacido vuestra proposición, pero tengo poco dinero para jugar: escasamente cien escudos de oro en mi maleta. Y ese es todo mi tesoro. Con tan poco trataré de hacer fortuna en ParÃs.
—¡Cien escudos de oro! —exclamó Coconnas—. ¿Y os quejáis? ¡Pardiez! ¡Qué diré yo, que sólo poseo seis!…
—¡Vaya! —repuso La Mole—. Os he visto sacar de vuestro bolsillo una bolsa que me ha parecido no sólo bien redondeada, sino a punto de estallar.
