La Reina Margot
La Reina Margot —¡Ah! —dijo Coconnas—. Eso lo traigo para cancelar una antigua deuda con un amigo de mi padre, de quien sospecho, igual que de vos, que es algo hugonote. SÃ, aquà hay cien apetitosas libras —continuó golpeando la bolsa—, pero estas cien opulentas damas le pertenecen a maese Mercandon. En cuanto a mi patrimonio personal, ya os he dicho que se reduce a seis escudos.
—¿Cómo vamos a jugar entonces?
—Precisamente por eso quiero jugar. Además, se me ocurre una idea.
—¿Cuál?
—¿No hemos venido los dos a ParÃs con un mismo objetivo?
—SÃ.
—¿No contáis con el vuestro tanto como yo con el mÃo?
—SÃ.
—Pues bien, se me ocurre que juguemos por lo pronto nuestro dinero y luego el primer favor que recibamos, sea de la corte, sea de nuestras queridas…
—Realmente es un procedimiento muy ingenioso —dijo La Mole sonriendo—, pero confieso que no soy tan hábil jugador como para arriesgar mi vida entera a una carta o a los dados; puesto que de ese primer favor que aludÃs dependerá probablemente mi vida o la vuestra.
—Suprimamos entonces el primer favor de la corte y juguemos el primero de nuestras queridas.