La Reina Margot

La Reina Margot

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—No veo más que un inconveniente —repuso La Mole.

—¿Y es?

—Que no tengo querida.

—Yo tampoco; pero pronto tendré alguna. ¡Gracias a Dios no estoy hecho a pasarme sin mujeres!

—No os faltarán a vos, señor de Coconnas, pero como yo no tengo la misma confianza en mi estrella amorosa, creo que sería un robo apostar mis posibilidades contra las vuestras. Juguemos, pues, los seis escudos que poseéis y si os los gano por desdicha vuestra y aún queréis seguir el juego… ¡Pardiez! Sois un caballero y vuestra palabra vale oro.

—¡En buena hora! —exclamó Coconnas—. ¡Así se habla! Y tenéis razón; la palabra de un gentilhombre vale oro, sobre todo cuando ese gentilhombre tiene crédito en la corte. Creedme que no arriesgaría mucho jugando contra vos el primer favor que obtenga.

—Sólo que podríais perderlo y yo no lo podría ganar, puesto que siendo yo del rey Enrique de Navarra no puedo recibir nada del señor duque de Guisa.

—¡Ah, el impío! Ya lo suponía —murmuró el posadero limpiando su viejo casco.

Y se interrumpió para hacer la señal de la cruz.

—¿Conque decididamente sois de los otros? —preguntó Coconnas mientras barajaba los naipes que le había traído el mozo.


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