La Reina Margot
La Reina Margot —¿De qué otros?
—De los protestantes.
—¿Yo?
—SÃ, vos.
—Suponed que asà sea —dijo sonriendo La Mole—. ¿Tenéis algo en contra nuestra?
—No, a Dios gracias, no. Podéis ser lo que queráis, me es igual. Odio profundamente el protestantismo, pero no detesto a los hugonotes. Además, ahora están de moda.
—Sà —repuso La Mole, riendo con sorna—; prueba de ello es el atentado al señor almirante. ¿Queréis que también apostemos las balas de nuestros arcabuces?
—Como gustéis —replicó Coconnas—; con tal de jugar, poco me importa el qué.
—Juguemos, pues —dijo La Mole, recogiendo sus cartas y acomodándolas en su mano.
—Jugad y hacedlo con confianza, porque aunque pierda cien escudos de oro como los vuestros, mañana tendré con qué pagarlos.
—¿Vendrá a veros la fortuna mientras dormÃs?
—No, seré yo quien vaya a su encuentro.
—Decidme dónde y os acompañaré.
—Al Louvre.
—¿Volveréis allà esta noche?