La Reina Margot

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Coconnas miró hacia la cocina, donde tropezó con los abultados ojos de La Hurière, que repetía la misma advertencia.

—Sí —dijo—, pero aún no es la hora. Hablemos un poco de vos, señor de La Mole.

—Mejor haríamos hablando del juego, querido señor Coconnas, porque o mucho me equivoco o voy a ganaros otros seis escudos.

—¡Es verdad, voto al diablo…!: Siempre he oído decir que los hugonotes son afortunados en el juego. ¡Que el diablo me lleve, pero me están entrando ganas de hacerme protestante!

Los ojos de La Hurière brillaron como dos carbones encendidos; pero Coconnas, distraído, no se dio cuenta.

—Hacedlo, conde, hacedlo; y aunque es bastante singular la forma en que os ha entrado la vocación, seréis bien recibido entre nosotros.

Coconnas se rascó una oreja.

—Si estuviese seguro de que vuestra suerte se debe a eso —dijo—, os aseguro que… Porque, en fin, no tengo demasiado apego a la misa y, desde que al rey tampoco le gusta…

—Además, es una religión hermosa, tan sencilla, tan pura… —agregó La Mole.


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